¿Inventó un sacerdote español el cinematógrafo en 1892?


Años antes de que los hermanos Lumière asombraran al público de París proyectando por primera vez imágenes en movimiento, Mariano Díez Tobar, un sacerdote español de la orden de los paúles, ya había desarrollado un aparato similar al cinematógrafo. Su nombre y su relacion con esta invención, sin embargo, no suele aparecer en los primeros párrafos de la historia del cine.

Mariano Díez Tobar nació el 21 de mayo de 1868 en Tardajos, un pequeño pueblo de la provincia de Burgos. Procedía de una familia humilde de labradores que, asombrados por la rapidez con la que su hijo aprendía a leer y escribir, siguieron el consejo de sus maestros de mandarlo a escuelas más avanzadas. En 1882, Díez Tobar se trasladó a estudiar al Seminario de Sigüenza, en la provincia de Guadalajara, y de allí a Madrid, donde siguió con su instrucción. El joven Mariano, sin embargo, parecía más interesado en la física y las matemáticas, disciplinas poco habituales entre seminaristas de la época, que en los latines y la teología. Su formación científica, de hecho, fue autodidacta. Este interés, que se amplió por el de la divulgación de lo aprendido, prosiguió e incluso se acrecentó cuando fue destinado al colegio de Murguía, en Álava, en 1890.

Así, en 1892 (otras fuentes ponen esta fecha en 1889), en una velada literario‑científica, el padre Díez impartió una charla con un largo título: «El cinematógrafo: descripción del aparato por el que las imágenes de las personas, como el resto de cosas que existen en el acto, o que no existen, aparecen en vivo y como si fueran la realidad, con sus colores, movimientos, etc… ante nuestra vista». En ella explicó la solución para «captar el movimiento», que no era otra que, según él, introducir intermitencia entre los movimientos de los fotogramas para, de esta manera, y mediante la inercia de la retina, crear una ilusión de movimiento en el espectador.
Entre los asistentes al evento estaba un ingeniero francés, un tal A. Flamereau. Se trataba del representante de los hermanos Lumière en España. Impresionado, como el resto, concertó una nueva cita don Díez Tobar, en Bilbao, donde el cura le resolvió algunas dudas técnicas sobre su invento.

Al final de sus conferencias, el sacerdote siempre autorizaba «con absoluto desinterés a cualquiera de los asistentes para que lleve a la práctica cualquiera de las ideas o conceptos que encuentre nuevos en sus charlas», así que no es de extrañar que, poco después, los Lumière mandaran fabricar el aparato a París y lo presentaran con gran éxito al público a finales de 1895. El padre Mariano fue invitado de honor en la primera proyección oficial que hicieron los hermanos Lumière en España en 1896, lo cual puede considerarse como un discreto homenaje al hombre en cuyo trabajo pudieron haberse basado los franceses. Díez Torbes no estaba interesado ni en el dinero ni en la fama, por lo que ni se le ocurrió patentar su «invento» ni tenía problema alguno con que otros aprovecharon lo que él desarrollaba.

Y es que, aún siendo el cinematógrafo su invento más famoso, no fue el único. Otros que había diseñado o fabricado él mismo son, por ejemplo, el logautógrafo, una máquina conceptualizada para recoger la voz y convertirla en escritura por medio de una máquina de escribir (por la que parece ser que se interesó Olivetti); o el iconoscopio, un aparato capaz de transmitir la imagen a distancia; o relojes de cuerda que se cargaban a través de la voz o de los pasos de la gente; un aparato para conservar mejor el vino; y también una lengua que había desarrollado, decía, para sabios, esquemática, y para la que había creado tanto una gramática como un vocabulario.

Después de pasar por Murguía el padre Mariano fue destinado en 1900 al Colegio de la Sagrada Enseñanza de Villafranca del Bierzo, en León, donde ejerció como rector, y donde creó un museo de ciencias naturales que a día de hoy sigue abierto.

Su afán de conocimiento y su preparación autodidacta también le trajeron problemas. Tenía una amplia biblioteca de más de quinientos volúmenes que ponía a la disposición de todos, pero parte de sus lecturas le granjearon la enemistad de algunos de los responsables de la orden de los paúles, que llegaron a acusarlo de herejía. Díez Torbes lo negó fervientemente, pero su particular forma de impartir la enseñanza llevó a que, tras su muerte en Madrid, en 1926, y por, según parece, rencillas religioso-políticas, la mayor parte de sus documentos fueron quemados.

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