Domingo Badía


Tres viajeros españoles del siglo XIX en Oriente (I)

Listar todo lo que tienen en común Domingo Badía, Joaquín Gatell y José María Murga daría para mucho. Sirva decir que son los integrantes de la clásica terna de viajeros y exploradores españoles por el Marruecos del siglo XIX que ocultaron su identidad y origen para hacerse pasar por árabes. Dos de ellos fallecerían en Cádiz con tres años de diferencia, a punto, ambos, de emprender un nuevo viaje por tierras moriscas, y el otro lo haría en Damasco, víctima de un complot del servicio secreto británico. En los tres casos, sus vidas son dignas de mención.

El más antiguo de esta tríada era Domingo Francisco Jorge Badía y Leblich, que había nacido en Barcelona en 1767, hijo de madre belga y padre español. Pedro Badía Castillo era secretario del gobernador de Barcelona hasta que en 1774 se le nombró secretario del capitán general de Málaga, ciudad a la que se trasladó con la familia. En 1779 fue nombrado contador de guerra y tesorero del partido judicial de Vera, y la familia Badía se trasladó una vez más, esta vez a la localidad almeriense de Cuevas de Almanzora. Desde Vera se aprovisionaba a las tropas españolas destinadas en Ceuta y Melilla, y fue allí donde Domingo comenzó a tener contacto con el mundo musulmán.

Domingo Badía estudió en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en Madrid, además de en las Reales Escuelas de Química y Física. Tras casarse, en 1791, fue nombrado, en 1793, administrador de la Real Renta de Tabacos en Córdoba. Además de las tareas propias de su trabajo, comenzó a realizar experimentos científicos, publicando algunos de ellos en el Correo Literario de Murcia. Pronto, sin embargo, llegó su primera gran pasión: la aerostática. Invirtió todo su dinero, además de otro gran capital que pidió prestado para construir un globo aerostático. Su plan era divulgar los resultados de sus experimentos en un libro, cuya venta le daría para devolver lo que debía. Sin embargo, todos los intentos de hacer volar su globo se frustraron, unas veces por temporales de lluvia y viento y otras por accidentes que le llevaron a reconstruir su aerostato y postponer sus intentos de vuelo varias veces. Finalmente, fue su propio padre quien dio al traste definitivamente con sus sueños, al convencer al Consejo de Castilla de que suspendieran la licencia que habían concedido a su hijo para construirlo.

Tras esto, fue objeto de la burla del pueblo. Cayó enfermo, su mujer sufrió un parto prematuro y murió el hijo que esperaban. Estaba arruinado, y a la ruina le siguió su suegro también, al pagar sus deudas y permitirle escapar de Córdoba; no veía Domingo Badía que fuera posible reponerse en esa ciudad que tan cruelmente le daba la espalda. Vendió casi todas sus posesiones y mandó a su mujer e hijos a Vera, donde vivirían con sus suegros. Aceptó un puesto de teniente de resguardo de rentas unidas en Puerto Real, pero al cabo de dos meses se trasladó a Madrid: pretendía que el Consejo de Castilla le indemnizara por las pérdidas ocasionadas por la suspensión de la licencia para construir el globo. Nunca lo conseguiría.

En Madrid, trabajó de bibliotecario y secretario de un príncipe italiano y realizó trabajos de traducción, enviando la mayor parte de lo ganado a su familia para su manutención. Fruto de sus lecturas en las bibliotecas de la ciudad, comenzó la que sería la segunda obsesión de su vida: la exploración de África. Forjó un plan; viajaría a Londres para reunirse con los científicos y exploradores más renombrados y adquiriría los instrumentos científicos más modernos. Después, viajando en solitario y haciéndose pasar por árabe, viajaría por Marruecos hasta el Sáhara, siguiendo por el sur hasta Costa de Oro, luego atravesaría el continente hasta Zanzíbar, y, pasando finalmente por lo que hoy son Kenia, Etiopía y Libia hasta Trípoli, volvería a España. Entre tanto trazaría los mapas de las zonas visitadas y recolectaría toda la información posible de allí por donde pasara: desde plantas hasta costumbres y clima.

El elaborado plan fue presentado a Godoy el 8 de abril de 1801, y este, lo llevó, a su vez, para su consideración a la Real Academia de la Historia. Fue rechazado, puesto que alegaban que no era probable su éxito; en primer lugar, Badía no sabía árabe. Además, un viaje en solitario, como pretendía, hacía dudoso que, presentara lo que presentase, fuera veraz, al no contar con testigos que lo corroborasen. Carecía, además, de un plan de contingencia para, si le acaecía una desgracia, alguien pudiera continuar su proyecto siguiendo sus notas y papeles. Godoy, sin embargo, tras consultar de nuevo con Badía, recomendó su plan al rey Carlos IV.

No era, sin embargo, el aspecto científico lo que buscaba Godoy en la expedición de Domingo Badía, sino que pretendía utilizarlo para intermediar en las relaciones entre España y Marruecos. Había tensiones en aquella época, y el sultán Solimán se oponía a continuar las relaciones comerciales entre los dos países; más concretamente, España necesitaba el trigo que llevaba años importando de Marruecos. Si Badía no conseguía convencer y apaciguar a Solimán, entonces debía contactar con los marroquíes críticos con su gestión y ofrecerles el respaldo militar de España contra el sultán, a cambio de restablecer las relaciones comerciales.

En la primavera de 1802, con dinero y pasaporte, Domingo Badía salió de España. En primer lugar, paró en París, donde se reunió con naturalistas y astrónomos, y después siguió hacia Londres, donde conoció a sir Joseph Bank, presidente de la Royal Society, y al astrónomo Nevil Maskelyne, entre otros. Compró allí los instrumentos científicos para el viaje, estudió más a fondo el islam, religión que ya admiraba, y se hizo circuncidar.

De vuelta a España, el 29 de junio de 1803 cruzó el estrecho de Gibraltar en dirección a Tánger, haciéndose pasar por Alí Bey Abd Allah, hijo y heredero de un príncipe sirio que había tenido que escapar de la patria por razones políticas. Su historia, que incluía unos estudios esmerados en Inglaterra, Francia e Italia, fue aceptada.

El plan original científico, como habíamos dicho, fue modificado por Godoy, pero Badía lo adoptó (y adaptó) como propio; no obstante, pese a tener avanzados sus trabajos en post de la rebelión, en octubre de aquel año Solimán se presentó en Tánger y tras trabar amistad con Badía, ya por aquel entonces plenamente integrado entre los dignatarios políticos y religiosos de la ciudad, le invitó a acompañarle con él a Fez, donde tenía su Corte.

La buena relación entre Solimán y «Alí Bey» (Badía) siguió creciendo. Al menos en un sentido, puesto que Badía proseguía en su plan de conspirar contra él y mantenía, en secreto, negociaciones con los jefes de las tribus rebeldes, pese a que el sultán le colmaba con todo tipo de favores, incluso llegando a regalarle una casa de recreo. Godoy recibía puntualmente noticias de la evolución de sus planes, aunque todo aquello era desconocido para Carlos IV. Cuando Godoy le informó finalmente, el rey no estuvo conforme con que Badía se hubiera aprovechado de la hospitalidad del sultán. Al fin y al cabo, era un monarca como él, y la idea de que Badía le enemistara a sus propios sujetos le pareció inidignó y le empujó a cancelar el plan.

Badía, entonces, temeroso de que el ardid fuera descubierto, intentó convencer a los conspiradores de que dieran marcha atrás en los planes. ¿La razón? Una profunda experiencia mística que le había hecho optar por un retiro ascético del mundo.

Cuando España entró en guerra con Inglaterra, Carlos IV ya no tuvo tantos remilgos para utilizar a Badía e incitar una revolución; Marruecos se había declarado neutral en el conflicto, pero secretamente apoyaba a los ingleses y aquello no sentó nada bien al monarca español. Para entonces, sin embargo, Badía ya no contaba con la confianza de los rebeldes. Poco después, pese a haber contraído matrimonio con Fátima Mojana, una mujer del harén del sultán, también Solimán comenzó a sospechar de él. Fue deportado el 13 de octubre de 1805.

Continuó Badía por Oriente durante un tiempo, por Chipre, Egipto y Turquía, aún con la identidad de Alí Bey, entremetiéndose en varias conspiraciones. En 1807 fue a la Meca, el primer europeo en escribir una descripción detallada y exacta de los ritos del peregrinaje. Viajó por toda Arabia, Palestina y Siria, donde se involucró con frecuencia en varios episodios de espionaje contra Inglaterra.

Cuando Carlos IV cedió el trono de España a Napoleón, Badía estaba en Bayona. El 12 de mayo de 1808 se reunió con Napoleón y se ofreció para dirigir una invasión francesa de Marruecos. Fascinado, Napoleón estimó que era más beneficioso que Badía estuviera en España, y le recomendó a su hermano José, a quien había puesto en el trono español.

En septiembre de 1809, José Bonaparte le nombró intendente de Segovia, y en abril del año siguiente fue nombrado prefecto de Córdoba. Badía volvió con su familia y escribió sus memorias, «Voyages d’Alí Bey en Afrique et en Asie», que publicaría en París en 1814, donde tuvo que huir una vez que los franceses abandonaron España. Pese al éxito del libro, traducido a varios idiomas, en España no se publicó hasta 1836, puesto que Domingo Badía, durante el reinado de Fernando VII, era considerado un traidor.

Aunque no se ha podido confirmar al cien por cien, se cree que murió «en comisión de servicio» cuando volvió a Oriente Medio, en otra misión de espionaje, esta vez a instancia de Luis XVIII de Francia. Según se dice, falleció en un pequeño poblado cerca de Damasco, envenenado por un café servido en la comida organizada para él por un «pachá» al servicio de los británicos.

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