Los viajes en el tiempo


Los viajes en el tiempo son posibles. Lo hacemos a diario; viajamos al futuro a una velocidad constante de un segundo por cada segundo terrestre. Podríamos cambiar esa proporción, por supuesto, pero para eso tendríamos que escapar de la gravedad (para los satélites que circundan la Tierra el tiempo transcurre distinto que para los que vivimos sobre el propio planeta, por eso sus «relojes» tienen que ser «compensados»), o viajar a velocidades próximas a las de la luz (por ahora eso aún está lejos de conseguirse, salvo para partículas subatómicas). Pero, en cualquier caso, siempre viajaríamos hacia el futuro, nunca hacia el pasado; al menos, es lo que afirman teóricos como Albert Einstein y Stephen Hawking. En literatura, sin embargo, las imposibilidades físicas se pueden solventar fácilmente, o si se quiere, con toda la dificultad que entraña escribir una historia al respecto.

La ciencia ficción es el subgénero más adecuado para que los relatos y novelas con «viajes temporales» brillen con luz propia, y es en el siglo XIX cuando estas historias comenzaron a subyugar la imaginación de los lectores.

Por supuesto, existieron historias anteriores en la que se dan estos periplos en el tiempo. Suelen darse en un entorno místico y con algún propósito ejemplarizante. En el siglo XVIII, por ejemplo, Samuel Madden escribió su «Memorias del siglo XX» en el que un ángel de la guarda le entrega al protagonista una serie de cartas del año 1997. El autor de la novela, pastor protestante, aprovecha para describirnos un futuro dominado por los católicos y los jesuitas, y los peligros que tal posibilidad supondría. Su obra fue censurada y prácticamente destruida, aunque algunos ejemplares llegaron a nuestros días.

También de este siglo (1771) es «El año 2440. Un sueño como no ha habido otro», de Louis-Sébastien Mercier, en el que un hombre, al despertar, se encuentra en un París del futuro y se le muestra el porvenir utópico que le espera. En España, la novela fue prohibida por su talante ilustrado.

Como vemos, apenas hay rasgo alguno de ciencia ficción en ambas obras. En ellas el salto temporal sirve simplemente de vehículo para expresar las convicciones personales y político-religiosas de sus autores.

Recurrir al sueño como el elemento catalizador de este viaje en el tiempo será una herramienta muy usada. Encontramos ejemplos ya en el siglo XIX con «Rip Van Winkle» (1819), de Washington Irving, «Mirando atrás desde 2000 a 1887» (1888), de Samuel Bellamy, e incluso «Cuando el dormido despierte» (1889), de H.G. Wells. De estas tres obras, quizás es la última la que más puede acercarse al género pese a la casi nula presencia de la «ciencia» en ella. Tampoco se inscribe en el terreno de la ciencia-ficción «Cuento de Navidad» (1843), de Charles Dickens, a pesar de que, en efecto, los fantasmas hacen trasladarse al viejo Scrooge en el tiempo (e incluso le devuelven al punto inicial del viaje).

El mismísimo Mark Twain publicó «Un yanqui en la corte del rey Arturo» en 1889 y, a pesar de que en esta ocasión sí que existen varios elementos científicos en su trama, el protagonista de la novela no viaja al pasado debido a uno de ellos. En realidad, se trata de una sátira en la cual, por medio de un viaje a través del tiempo, se contrapone la civilización occidental del siglo XIX frente a la Edad Media.

Pero, para entrar directamente en la moderna ciencia ficción, no es suficiente viajar en el tiempo mediante el sueño, intervenciones divinas, rayos, u otros fenómenos mágicos; en 1887, Enrique Gaspar y Rimbau publica «El Anacronópete», la que suele ser acreditada como primera novela en la que se usa específicamente una máquina como instrumento para trasladarse en el tiempo. Gaspar solía escribir teatro y su obra se concibe en un principio como una zarzuela. Ante las dificultades que entrañaba llevarla a los escenarios, el autor la convirtió en una novela.

Un «Anacronópete», según Enrique Gaspar, es una máquina consistente en una caja enorme de hierro fundido —donde irían sus pasajeros—, que navega gracias a la electricidad y que utiliza cuatro grandes cucharas mecánicas para desplazar la atmósfera. El término «anacronópete» significa «el que vuela hacia atrás en el tiempo». Con esta máquina, don Sindulfo García, junto a amigos y enemigos, correrá una serie de alocadas aventuras viajando atrás en el tiempo. La novela de Gaspar y Rimbau, pese a reivindicarse como clara antecesora a «La máquina del tiempo», de H. G. Wells, pasó sin pena ni gloria.

La novela de Wells, como ya hemos visto, no sería la primera en mencionar una máquina para viajar por el tiempo; publicada en 1895, ya lo había hecho bastante tiempo antes Enrique Gaspar y Rimabu. Es Wells, sin embargo, el que captura la atención del gran público. Con su máquina, el protagonista de la novela viajará a un futuro cada vez más distante; será un viaje de ida y vuelta, puesto que conseguirá retornar a su tiempo.

A partir de aquí los viajes en el tiempo conformarán uno más de los motivos recurrentes de la ciencia ficción. En los siglos XX y XXI será común que aparezca en novelas, cine y televisión; algunas obras a citar, en lo que a literatura se refiere, podrían ser «El fin de la eternidad» (1955) de Isaac Asimov, «El ruido de un trueno» (1952) de Ray Bradbury, «Parentesco» (1979) de Octavia E. Butler, así como los relatos y novelas de «La patrulla del tiempo» de Poul Anderson (la primera recopilación sería «Guardianes del tiempo», de 1961).

Las paradojas temporales que traen aparejadas este tipo de viajes fueron tratadas con gran acierto por Robert A. Heinlein en obras como «Por sus propios medios» (1941), «—Todos vosotros, zombies—» (1959) o «Puerta al verano» (1956); también aparecen en «Cronopaisaje» (1980) de Gregory Benford, por ejemplo.

Ya en pleno siglo XXI tenemos «El mapa del tiempo» de Félix J. Palma, novela que en 2008 inicia su «trilogía victoriana», y donde mezcla a H.G. Wells con viajes en el tiempo en la época victoriana. A ella debe mucho «El falso espejo del rey Salomón».

En cine, por nombrar algunas películas que no sean adaptaciones de las ya citadas obras literarias, tendríamos «Atrapado en el tiempo» (1993), dirigida por Harold Ramis, «Una cuestión de tiempo» (2013), dirigida por Richard Curtis, «Los cronocrímenes» (2007) dirigida por Nacho Vigalondo o «Al filo del mañana» (2014), dirigida por Doug Liman.

Los argumentos de las obras en las que tienen lugar viajes en el tiempo se han ido complicando respecto a los de las primeras historias, y con su popularidad y variedad han surgido toda una serie de reglas, paradojas y motivos comunes. En cuanto a las paradojas, tendríamos por ejemplo «la paradoja del abuelo», en la que si matamos a un ancestro (o hacemos que ese ancestro deje de serlo) evitaríamos la propia existencia («Regreso al futuro», de 1985); «la línea fija», en la que el pasado no se puede cambiar porque ya ocurrió exactamente así («Doce monos», dirigida por Terry Gilliam en 1995 o «Las Puertas de Anubis», escrita por Tim Powers y publicada en 1983); «el efecto mariposa», con el que un pequeño cambio en el pasado implica una gran divergencia en el presente («22/11/63», escrita por Stephen King y publicada en 2011); y los «universos paralelos», por los que cada viaje temporal «crea» una nueva realidad («Rescate en el tiempo», de Michael Crichton, publicada en 1999).

Los viajes en el tiempo hoy en día siguen teniendo buena salud. ¿Y en el futuro? Necesitaremos hacer un salto temporal para confirmarlo rápidamente. Por el momento, seguiremos haciéndolo segundo a segundo y minuto a minuto.

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