Como es lógico, no existe un «inventor» de la electricidad, ni siquiera un «descubridor». Ya desde la antigüedad se tenía constancia de fenómenos eléctricos, como los causados por las descargas de peces y rayas eléctricas, los efectos del rayo, o las cargas y descargas que se producían al frotar ciertos objetos, a veces confundiendo magnetismo y electricidad.
Los estudios sobre la electricidad comienzan a adquirir un tono más académico a partir del siglo XVII, y tomaron verdadera fuerza a partir de la segunda mitad del siglo XIX, y sobre todo, en su último cuarto, momento en el que los ingenieros e inventores tomaron el relevo de los teóricos: Tesla, Westinghouse, von Siemens y otros contemporáneos competían en desarrollar nuevos avances y utilidades, pero sobre todo, fue Alva Edison el que mejor personificó la relación entre el avance tecnológico y su aplicación en un mercado de consumo que comenzaba a despuntar con fuerza.
En la carrera por la electrificación, España no se encontraba entre los países que con mayor velocidad la acometieron. El país, quizás como consecuencia de la inestabilidad y del hundimiento de su economía, se iba quedando atrás en los avances tecnológicos.
La iluminación de la botica de Francisco Domènech en 1852 suele ser citada como la primera aplicación práctica de la electricidad en España. Domènech ya tenía cierta experiencia en galvanoplastia (electrodeposición), pero en 1852 consiguió, mediante la aproximación de dos conductores, crear una llama dentro de un recipiente de cristal, lo que provocaba una luz muy intensa. Esto, bastante antes de que Edison inventara la bombilla eléctrica en 1880. También en 1852 se hicieron en Madrid pruebas para la iluminación del Congreso de los Diputados y la plaza de la Armería (fue en el tejado de la Armería del Palacio Real donde se instaló un aparato especial para tal fin) y, según los asistentes, se generó una luz mucho más intensa que la del alumbrado de gas. Sin embargo, no se siguió adelante con la instalación eléctrica; aún quedaban muchos problemas técnicos por resolver y, además, se estaba adaptando y ampliando la red madrileña de alumbrado público a gas (con las famosas farolas fernandinas).
Poco más suele citarse en cuanto a avances en ese campo en España, en años intermedios, hasta que en 1874 la Escuela de Ingenieros Industriales importa una dinamo de Gramme que costó 1.000 pesetas de aquel momento. Se utilizaría con fines académicos para demostraciones de física, descomposiciones electroquímicas, etc. Seguirían nuevas adquisiciones de dinamos Gramme, primero para nuevas demostraciones (que invariablemente eran exitosas) y luego para instalaciones permanentes. Iluminar, o hacer funcionar los motores con electricidad en lugar que con gas o con otro comustible, era en general más barato y más seguro que las otras alternativas.
En 1881, Dalmau hijo funda la primera compañía eléctrica de España, la Sociedad Española de Electricidad. «Dalmau e Hijo» eran fabricantes y comerciantes de instrumentos. Eran ellos los principales proveedores de material para la Escuela de Ingenieros Industriales de Barcelona y responsables de la adquisición de las dinamos de Gramme que en 1874 habían importado para la Escuela. Mantuvieron esta relación, gestionando las subsiguientes adquisiciones, tanto para la Escuela como a título propio e incluso, habiendo conseguido la licencia de la patente de Gramme, comenzaron ellos mismos a construir estos generadores.
La Sociedad Española de la Electricidad era la sexta en el mundo, después de las de Londres, Berlín, San Petesburgo, Chicago y Nueva York. En 1882 la Sociedad correría con todos los gastos de un proyecto de alumbrado para el Ayuntamiento de Barcelona, con cableado subterráneo, convirtiéndose en la primera instalación de alumbrado en vía pública de Barcelona.
No fue Barcelona, sin embargo, el primer pueblo en España en disponer de alumbrado público eléctrico. Alfonso XII solía veranear en Comillas, y el 16 de julio de 1881, Antonio López y López «Marqués de Comillas», encarga a la Sociedad Española de Electricidad de Dalmau la iluminación de los principales puntos de interés social del lugar para rentabilizar la visita real. El trabajo se llevó a cabo con una velocidad vertiginosa: la instalación estaba formada por una máquina de vapor de 20 CV de potencia a la que se conectan tres dinamos de Gramme. Dos de estas dinamos alumbrarían cinco lámparas de Gramme cada una, y la restante daría luz a treinta lámparas de Swan. El 2 de agosto, cuatro días antes de que llegue la Familia Real, se finaliza la instalación y las pruebas del alumbrado.
Sería aquella la primera vez en la que se usa una lámpara incandescente en España: la lámpara de Swan. Joseph Wilson Swan ya había experimentado con lámparas incandescentes desde 1848 en su Inglaterra natal. Fue mejorando su invento paulatinamente hasta que en 1875 su «electric lamp» funcionó, finalmente, aunque con una serie de problemas. En 1879 Swan, en Inglaterra, y Edison, en EEUU, patentan la lámpara incandescente y, tras un par de conatos de guerra judicial, unieron fuerzas creando una empresa conocida como Ediswan.
En ese momento en el tiempo las instalaciones que permitían generar electricidad para el alumbrado, como la de Comillas, tenían un problema: debían estar muy cerca de aquello que pretendían alumbrar, puesto que al transportar la electricidad (en el cableado mismo) se perdía potencia. No era viable erigir una instalación cada poco, tanto por su coste económico (pese a que no eran excesivamente caras), como por las molestias que las máquinas de vapor causarían a la población en un centro urbano.
La principal problemática de la electricidad de corriente continua, que es la que estaría utilizándose en estos casos, por tanto, es que la tensión no llega íntegra hasta el consumidor, se reduce de forma proporcional a la distancia. Esta corriente continua será la que abanderará Thomas Edison y su Edison Illuminating Company. El desarrollo de los transformadores, que permiten transportar energía eléctrica de forma eficiente a grandes distancias al reducir significativamente la corriente para una potencia dada, harán que la corriente alterna gane ventaja respecto a la continua, puesto que harían posible «aumentar el voltaje» a tensiones de transmisión mucho más altas, para después bajarlo facilitando su uso comercial y residencial.
Aunque en EE.UU. la llamada «guerra de las corrientes», entre el final de la década de 1880 y el comienzo de la década de 1890, y que enfrentó principalmente (aunque no solamente) a la compañía de Edison y a la Westinghouse Electric (con Tesla como el más sonado representante de esta), fue virulenta, aunque no tuvo la misma repercusión en Europa, donde la corriente alterna se popularizó con rapidez, en particular en cuanto los avances técnicos la hicieron viable.
En 1884, el Ayuntamiento de Gerona aprobó la instalación del alumbrado eléctrico. Con esto se pretendía reducir la «factura» de gas para iluminación, que en aquellos momentos suponía el principal desembolso de dinero para el consistorio, además de evitar las constantes interrupciones que sufrían; esperaban que la iluminación eléctrica aliviaría estos dos inconvenientes. La empresa que llevó la instalación a cabo, «Planas, Flaquer y Cia» licenciaba tecnología de la empresa Ganz & Co y su catálogo incluía generadores de corriente alterna y un recién inventado transformador. El 24 de julio de 1886 se inauguró el alumbrado público y Gerona se convertía en la primera ciudad de Europa que utilizaba en dicho alumbrado la corriente alterna.
En 1885 se publicó un primer decreto que regulaba las instalaciones eléctricas. Al amparo de una legislación que lo facilitaba, numerosas empresas se crearán en esta industria durante las dos últimas décadas del siglo. En 1888, por ejemplo, una Real Orden regula el alumbrado eléctrico de los teatros, prohibiendo expresamente el alumbrado con gas y autorizando las lámparas de aceite sólo como sistema de emergencia.
Para el año 1896, la Compañía Sevillana de Electricidad tenía ya 484 abonados. En 1899 se construye en Sevilla una de las primeras redes de tranvías eléctricos españoles. Se uniría a Bilbao (1896), San Sebastián (1897), Madrid (1898) y Barcelona (1899) en utilizar este sistema de tracción. En 1900 existían ya 84 localidades andaluzas con alumbrado eléctrico. En 1901 existían 859 plantas eléctricas en el país, más de la mitad de origen térmico, y el resto, hidráulico.
Cuando hablamos de alumbrado eléctrico, sin embargo, nos referimos casi siempre al alumbrado público que, principalmente, sustituía al alumbrado por gas. Pese a las ventajas que mostraba, hacia 1885, se daba por hecho que para el consumo doméstico era más económico optar por gas, mientras que la iluminación eléctrica quedaba para el mercado de lujo. Se comentaba en aquel tiempo, en tono jocoso, que la iluminación eléctrica suponía en los hogares que la instalaban, que estuvieran más a oscuras que antes, puesto que previo a disponer de la luz eléctrica, al llegar la noche se encendían, por costumbre, lámparas de aceite por toda la casa, se necesitaran realmente o no. Con la iluminación con electricidad, sin embargo, se apagaban todas aquellas bombillas que quedaran encendidas sin necesidad, por miedo a su coste.
En Europa, la industria del gas era poderosa y llevaba tiempo asentada, con contratos a largo plazo con las corporaciones locales, por lo que no era tan fácil la sustitución por la electricidad. En España esto sucedía solo parcialmente, puesto que solo había algunas ciudades del interior y algunas más de la costa en Andalucía y Cataluña con este servicio, con lo que la resistencia al cambio fue menor que en Francia, Italia o Alemania, donde la difusión del alumbrado por gas estaba más extendido.
El suministro eléctrico, en España, descansó en la iniciativa privada. Debía tratar con la Administración, eso sí, para la solicitud, concesión y gestión de permisos para tender las líneas eléctricas, o cuando optaban a algún contrato para alumbrado público urbano, pero en general no hubo grandes colisiones. Además, en 1901 se aprobó una norma muy liberal para las empresas españolas, sobre servidumbre de paso eléctrica, que ayudó a que las condiciones del sector fueran aún más favorables para la entrada de capital extranjero.
Con la entrada del siglo XX, aparte de la iluminación, predominantemente pública, el otro gran uso de la electricidad fue en el transporte público, y más concretamente en los tranvías (ya hemos citado las redes de tranvías eléctricos en Bilbao, San Sebastián, Barcelona y Sevilla). Las incipientes compañías eléctricas pronto diversificaron (en cierta manera) su negocio obteniendo concesiones de tranvías en los principales núcleos urbanos: los tranvías eléctricos eran más rápidos y limpios que sus precursores y la infraestructura básica era ligera y hasta cierto punto económica.
¿Quieres saber más sobre la electricidad en España en el siglo XIX? Puedes acceder a los siguientes enlaces:
- https://es.wikipedia.org/wiki/Energ%C3%ADa_el%C3%A9ctrica_en_Espa%C3%B1a
- https://es.wikipedia.org/wiki/Historia_de_la_electricidad
- https://www.endesa.com/es/la-cara-e/historia/historia-y-evolucion-de-la-red-electrica-en-espana
- https://www.energiaysociedad.es/manual-de-la-energia/1-2-historia-de-la-electricidad-en-espana/
- https://e-archivo.uc3m.es/rest/api/core/bitstreams/a1286f69-2103-4c35-b01d-ddab95cf4f8b/content
- https://faultyproject.es/category/electricidad/
- https://es.wikipedia.org/wiki/Guerra_de_las_corrientes
- https://www.naturgy.es/blog/negocios_y_autonomos/historia_electricidad_espana
- http://mundo-ferroviario.es/index.php/historia/19534-los-primeros-tranvias-electricos-de-sevilla
- https://www.bde.es/f/webbde/SES/Secciones/Publicaciones/PublicacionesSeriadas/EstudiosHistoriaEconomica/Fic/roja50.pdf
- https://media.timtul.com/media/web_aehe/_wp-content_uploads_2001_10_cayon.pdf

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