El término «steampunk», del que bebe en cierta manera la denominación equivalente en castellano, «retrofuturismo», no se acuñó hasta 1985 y, en cierta manera, por accidente. Su creador (del término, no del género), fue el escritor K. W. Jeter. La derivó de uno existente, «cyberpunk». Al igual que con cyberpunk identificamos un subgénero de ciencia ficción, con sus propias reglas diferenciadas (un futuro distópico de tecnología avanzada y bajo nivel de vida, entre otras características), Jeter, en una carta a la revista de ciencia ficción Locus, pretendía encontrar un término que, como había hecho «cyberpunk» para otras novelas, sirviera para referenciar tres obras que tenían algo en común: «Las puertas de Anubis», de Tim Powers, «Homunculus», de James P. Blaylock e «Infernal Devices», del propio Jeter. Las tres historias transcurrían en el siglo XIX y usaban recursos en cierta manera similares a la que los escritores victorianos de ciencia ficción especulativa de esa época habían utilizado (como H. G. Welles en su novela «La máquina del tiempo»). Jeter propuso que quizás lo que tenían en común las tres historias era la tecnología de aquellos años, que bautizó, casi de pasada como «steam-punk».
Es cierto que steampunk y retrofuturismo no son estrictamente lo mismo. El retrofuturismo es el género en el que el futuro se representa como consecuencia de un futuro (distópico a veces) imaginado en base a las características de un momento concreto. Podría decirse que el segundo (el retrofuturismo) englobaría al primero (el steampunk), como también lo hace con el dieselpunk y otros en ese mismo estilo; pero a menudo se usan como sinónimos. Nosotros así lo haremos, usando ambos términos inidistintamente, pese a que con el steampunk ese futuro imaginado parte de un momento concreto: la segunda mitad del siglo XIX, y sobre todo, en la sociedad de la época victoriana (o la eduardiana inmediatamente posterior), en pleno apogeo de la Revolución Industrial.
Pese a que, en ese momento de 1985, en el que Jeter escribe su carta y el término se acuña por primera vez, las tres obras iniciales que formarían parte de ese steampunk primigenio serían las que ya hemos citado de Powers, Blaylock y el propio Jeter, se da la circunstancia de que ninguno de los tres autores continuaría escribiendo en ese género mucho tiempo. En realidad, de acuerdo con su acepción, tampoco serían estas las primeras obras del género, a pesar de que ni siquiera tuviera un nombre cuando vieron la luz. El muy prolífico Michael Moorlock ya había publicado «The Warlord of the Air», por ejemplo, en 1971, contando la historia de un militar eduardiano estacionado en la India, en un futuro alternativo en el que no había tenido lugar la Primera Guerra Mundial.
En 1991 se publica la que sería la novela steampunk de referencia: «La máquina diferencial», de William Gibson y Bruce Sterling. Todavía el término «steampunk» no aparece en el título; esto sucedería con la «Steampunk Trilogy» de Paul Di Filippo.
Es habitual apuntar a Jules Verne y H. G. Wells como influencias directas del retrofuturismo. También se han incluido en ocasiones a Mary Shelley y su «Frankenstein», a Mark Twain (por «Un yanki en la corte del rey Arturo») o incluso a Arthur Conan Doyle y su novela «El mundo perdido», pero lo cierto es que las obras de Verne y Wells son las que, a juicio de la mayoría con mejor acierto constituyen la inspiración para las historias que formarán parte del steampunk en un futuro.
Ambos, Wells y Verne, se consideran los padres de la moderna ciencia ficción; no tenían que hacer la doble abstracción que los posteriores escritores retrofuturistas necesitaban, de imaginar un posible futuro coherente para alguien de la época victoriana o eduardiana, puesto que tanto Wells como Verne procedían de esa época. El punto de partida de su imaginación, por tanto, era lo que veían alrededor, los avances que estaban presenciando y en lo que creían que devendría la ciencia y la tecnología en los años venideros. Un escritor de steampunk, sin embargo, tiene que hacer el ejercicio de volver atrás en el tiempo para volver a avanzar e ir rechazando hechos puntuales imaginando qué hubiera pasado si tal cosa no se hubiera cumplido y la investigación, la técnica y la ciencia, incluso la Historia, hubieran transcurrido por caminos diferentes.
Verne era casi cuarenta años mayor que Welles. Nació en 1828, en Nantes y murió en 1905 en Amiens, con 77 años. Sus novelas de exploración y aventuras se publican en lo que se vino a llamar colección «Viajes extraordinarios», que comenzó con «Cinco semanas en globo» y continuó con «Viaje al centro de la Tierra». Le siguieron más de cincuenta títulos, prácticamente hasta el momento de su muerte (a los que habría que sumar los que se publicaron póstumamente).
Wells (Herbert George Wells) nació en Bromley, Inglaterra, y murió 79 años más tarde en Londres. Fue también muy prolífico, escribió más de cuarenta novelas y docenas de historias cortas, así como obras de no ficción.
Jules Verne y H. G. Wells pertenecían a dos generaciones diferentes, aunque durante un tiempo sus obras y su éxito coincidieron. Nunca llegaron a encontrarse en persona, y entre ambos se cosechó una gran rivalidad literaria. En una entrevista en 1894, Verne afirmó lo siguiente respecto a las comparaciones que se hacían entre él y Wells:
“Me enviaron sus libros y los he leído. Es algo muy curioso, y debo agregar que es muy al estilo inglés. Pero no veo posibilidad alguna de comparación entre su trabajo y el mío. No procedemos de la misma manera. Sus historias no reposan en bases científicas. No, no hay ninguna relación entre su trabajo y el mío. Hago uso de la Física, él inventa. Voy a la Luna en una bala, disparada por un cañón. No hay invención alguna. Él va a Marte en una aeronave de metal que anula la ley de gravitación. Eso está muy bien, pero muéstrenme ese metal. Que me lo fabrique.”
Verne rechazaba las insinuaciones de que los inventos y artefactos que había preconizado en sus novelas se habían hecho realidad, y desechaba, incluso, que se le tildara de visionario. En esa misma entrevista en la que rehuía de la comparación con Wells afirmaba, respecto al submarino de «Veinte mil leguas de viaje submarino»:
“No. Los italianos inventaron el submarino sesenta años antes de que creara a Nemo y su submarino. No hay ninguna conexión entre mi submarino y los que existen ahora. Estos últimos trabajan mecánicamente. Mi héroe, Nemo, es un misántropo, el cual no desea nada que venga de la tierra, toma su fuerza motora y produce la electricidad que necesita, tomando como fuente el mar. Hay bases científicas para eso, porque el mar contiene elementos que producen la energía eléctrica, así como la tierra tiene los suyos. El hecho está en que nadie ha descubierto como utilizar esta fuerza, por tanto no he inventado nada.”
Frente al estilo de H. G. Wells a la hora de escribir ficción, en la que el inglés imaginaba una tecnología imposible solo para explorar sus efectos en la sociedad y en la humanidad, Verne extrapolaba la tecnología actual de su época a un futuro; su interés recaía más en explicar los engranajes de sus «inventos» y preguntarse si la física y las matemáticas de su propuesta eran factibles, algo que a Wells no le importaba. Para el inglés, sus fantasías «especulativas» eran una excusa que le permitían imaginar una distopía en la que ejercer una sátira social. Verne, en resumen, aborrecía la fantasía pura sin una base científica. A Wells le daba igual.
Esto decía Wells de su rival:
“Su obra [la de Verne] versaba casi siempre sobre posibilidades reales de invención y descubrimiento, y realizó algunas predicciones notables. El interés que despertaba era de índole práctica: escribía, creía y afirmaba que tal o cual cosa —que en aquel entonces aún no se realizaba— podía llevarse a cabo. Ayudaba a sus lectores a imaginarla hecha y a visualizar la diversión, la emoción o las travesuras que ello conllevaría.”
Para Wells, podríamos deducir, cuando se hablaba de ciencia ficción «especulativa» era porque trataba el ámbito «real». Él, parece afirmar, se acercaba más a la fantasía «especulativa», al contrario que Verne, a quien sí podría ubicarse en la ciencia ficción («dura», diríamos hoy en día), mientras que Wells trataba lo «irreal»; pero con una característica fundamental: pretendía «domesticar lo imposible» y dotar a un elemento fantástico singular de una explicación científica y realista.
Decía China Miéville, uno de los escritores pioneros del steampunk «moderno»:
“Considero totalmente falsa la idea de que la ciencia ficción se basa en una especie de extrapolación cognitiva rigurosa, mientras que la fantasía no es más que un ensueño absurdo. Es un debate que se remonta a la contraposición entre H. G. Wells y Julio Verne, y yo me posiciono del lado de Wells.”
H. G. Wells, en realidad, no definía sus obras ni como fantasía ni como ciencia ficción. Utilizaba otro término, más en boga en aquel tiempo: «scientific romance» (romance científico). No es de extrañar, el término «ciencia ficción» no surge hasta 1929 cuando Hugo Gernsback lo utiliza en el primer número de su revista pulp «Science Wonder Stories».
Puede parecer, que esta rivalidad en la que Verne y Wells se resisten a que sus trabajos se comparen significa que no se respetaban como autores. No era así, o al menos, eso afirmaban. En otra entrevista, así hablaba Verne de Wells:
“Hay un autor cuya obra me ha atraído poderosamente desde una perspectiva imaginativa y cuyos libros he seguido con gran interés: me refiero al Sr. H. G. Wells. Algunos amigos han sugerido que su obra sigue una línea algo similar a la mía, pero creo que se equivocan. Considero que, como escritor puramente imaginativo, es merecedor de los mayores elogios, pero nuestros métodos son totalmente distintos.”
Y un poco más adelante:
“Cabe aclarar que (…) no pretendo menospreciar los métodos del señor Wells; por el contrario, siento el mayor respeto por su genio imaginativo. Me limito a contrastar nuestros respectivos estilos y a señalar la diferencia fundamental que existe entre ellos, y deseo que quede bien claro que no emito juicio alguno sobre la superioridad de uno frente al otro.”
Estas diferencias, sin embargo, no parecen tener mayor relevancia cuando a ambos se les nombra como precursores de lo que, en un futuro, se llamaría «steampunk». La coincidencia en el tiempo de estos autores, el punto álgido de la Revolución Industrial, a partir de la cual esta corriente retrofuturista centra sus aventuras; la estética que obras como «Veinte mil leguas de viaje submarino» o «La Guerra de los Mundos» han fijado en el público; y el hecho de que hicieran lo mismo que los escritores de steampunk actuales, pero en sentido contrario (escribían auténtica ficción especulativa contemporánea sobre cómo su propio mundo victoriano o eduardiano interactuaría con el futuro), han hecho de ellos los padres honoríficos del steampunk y el retrofuturismo, sin lugar a dudas.
Si quieres leer más sobre el retrofuturismo, el steampunk, Verne y Wells, puedes acceder a estos enlaces:
- https://es.wikipedia.org/wiki/Retrofuturismo
- https://es.wikipedia.org/wiki/Steampunk
- https://es.wikipedia.org/wiki/H._G._Wells
- https://es.wikipedia.org/wiki/Julio_Verne
- https://blognosololiteratura.blogspot.com/2014/09/la-literatura-steampunk.html
- https://fiusss.wordpress.com/2015/06/23/haz-steampunk-no-la-guerra-xvi-la-autentica-influencia-de-julio-verne-en-el-steampunk/
- https://www.lofficier.com/jules-verne-interview.html
- http://jv.gilead.org.il/perez/sherard2.html

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