La tuberculosis, la enfermedad decimonónica por excelencia, es una enfermedad bacteriana que generalmente ataca los pulmones, aunque también puede atacar otras partes del cuerpo, como los riñones, la columna vertebral y el cerebro.
No siempre se le ha llamado «tuberculosis», habiendo conocido multitud de nombres a lo largo de su historia: consunción, tisis, «mal del rey», peste blanca (o plaga blanca), «mal de vivir» o «mal du siècle» son algunos de ellos.
La responsable de la tuberculosis es una bacteria, la «Mycobacterium tuberculosis» que se transmite, de persona a persona, por el aire, al toser, estornudar, hablar o cantar un infectado, y respirar el aire con gérmenes otra persona.
No siempre se es consciente de tener esta enfermedad, puesto que la tuberculosis puede estar en estado latente en un individuo (los gérmenes viven en su cuerpo, pero no lo enferman). Así, se estima que un 33 % de la población mundial puede estar aquejado (contando tanto la infección latente como la activa). Es la segunda causa global de muerte y la primera entre las enfermedades infecciosas. Aún así, es una enfermedad tratable y curable, para lo que es necesario un diagnóstico temprano. No obstante, no siempre fue así.
Hay evidencias de la existencia de la enfermedad ya en restos del Neolítico, y posteriormente en momias egipcias. Herodoto ya la menciona (para los griegos era la tisis, y era hereditaria). Incluso hay evidencias en el antiguo Oriente y en la América precolombina. En la Edad Media, incluso, se creía que los reyes podían curarla. Al tocar el monarca las úlceras (escrófulas) de los enfermos pronunciando las palabras rituales «El rey te toca, Dios te cura» se decía que podía sanar a los tuberculosos. Y a falta de rey, los tísicos se encomendaban a Santa Áqueda, patrona de las enfermedades de pecho (aunque en el santoral católico también San Pantaleón es protector contra la tuberculosis).
Con los desplazamientos masivos de campesinos hacia las ciudades, en los siglos XVIII y XIX, la tuberculosis alcanza su máxima extensión. Durante la Edad Media y el Renacimiento había ido desplazando poco a poco a la lepra como la enfermedad más virulenta. La llegada de la Revolución Industrial facilita su expansión por un lado (hacinamiento, condiciones de vida y trabajo en humedad, muy dadas a la propagación de gérmenes), pero por otro, es la época en la que la medicina científica comienza a producir sus mejores frutos.
Extrañamente, la tuberculosis se convierte, a finales del XIX en una enfermedad «romántica». Se la mitifica e incluso llega a creerse que provoca estados de creatividad o euforia que aumentan conforme progresa la enfermedad en el paciente. La enferma de tuberculosis, en aquel tiempo, emulaba el ideal de la belleza, lo que lleva a muchas mujeres del siglo XIX a seguir estrictas dietas de vinagre y agua, con objeto de provocarse anemias hemolíticas que empalidezcan su semblante y les haga parecer tísicas. Muchos jóvenes coinciden en las casas de curación y comienza a propagarse esa imagen del artista decimonónico de vida ociosa y elitista y aspecto etéreo y casi fantasmal, muy dado a «raptos» artísticos. Conforme la medicina avanza, no obstante, y se evidencia su carácter contagioso, los enfermos de tuberculosis comienzan a ser marginalizados.
Durante el siglo XIX se empezó a considerar la higiene como la única posibilidad para frenar la difusión de la enfermedad, y dado que la curación no era posible aún, todas las medidas se dirigían a evitar su contagio y propagación (aunque aún era común pensar en ella como hereditaria).
La forma preferida de tratar la enfermedad, para la burguesía europea, era acudir a lujosos sanatorios o «casas de curación» como el Sanatorio Internacional Berghof, en los Alpes suizos. Solo las clases altas podían permitirse los tratamientos recomendados: estancias prolongadas en zonas cálidas, viajes de placer por el Mediterráneo, paseos a caballo y vida al aire libre. En España, el tratamiento más popular era pasar cinco o seis meses en Málaga y dos o tres en los Pirineos, donde la estación de Panticosa era muy célebre.
Para las clases sociales menos afortunadas, todo era muy distinto. Cuando a un enfermo se le diagnosticaba la tisis (a lo que normalmente se oponía el propio paciente por sus consecuencias), lo primero que se hacía era desinfectar todo lo que fuera sospechoso de transmitirla, se quemaban objetos, enseres y ropas que estaban o hubieran estado en contacto con el enfermo y se le aislaba, previo aviso del médico a las autoridades. Sin trabajo (ya que no podría acudir al mismo), y todas sus posesiones perdidas, la tuberculosis podía suponer la ruina para la familia.
Cuando en 1882 Robert Koch identifica la bacteria causante de la tuberculosis, ya era obvio para la comunidad científica que se trataba de una infección concreta y transmisible. Así, el «Mycobacterium tuberculosis» también será llamado bacilo de Koch, en su honor. La identificación del bacilo concreto que causa la tuberculosis, sin embargo, no implica su curación. Todavía faltarían muchos años para que esta llegara.
En España, en gran parte debido a la deteriorada situación económica, apenas existían hospitales para atender a los pacientes, y si los había, los ocupaban las clases pudientes. No fue hasta 1899 que se abrió el primer sanatorio para tuberculosos indigentes en España, el Sanatorio de Porta-Coeli, en Valencia, impulsado por Francisco Moliner y Nicolás. Los hospitales especiales contra la tuberculosis, puesto que no había aún una cura, se destinaban a aislar a sus pacientes y a cuidarlos en los últimos días de su vida.
En 1902 se celebra la Conferencia Internacional de Tuberculosis en Berlín, donde se adopta la cruz de Lorena como símbolo para la enfermedad. En 1921 Albert Calmette y Camille Guérin producen, al fin, una vacuna contra la tuberculosis, empleando una variante atenuada del «Mycobacterium bovis». En 1944 Albert Schatz y Selman Waksman descubren la estreptomicina (por lo que Waksman recibirá el premio Nobel de Medicina), el primer fármaco usado con cierto éxito en el tratamiento de la tuberculosis. En 1952 la isoniacida (hidracina del ácido isonicotínico) será el primero de los antibióticos específicos que harán de la tuberculosis una enfermedad curable en la mayoría de los casos.
En literatura, «La dama de las camelias» de Alejandro Dumas crea el prototipo de languidez femenina atribuida a la tisis. Por otro lado, en «Los Miserables» de Victor Hugo, Fantine muere de tuberculosis debido a las terribles condiciones en las que ejercía la prostitución. Edgar Allan Poe, en su relato «La verdad sobre el caso del señor Valdemar», el personaje del título es hipnotizado en el instante previo a su muerte por tuberculosis. También hay personajes aquejados de esta enfermedad en varias obras de Dostoyevski. Y ya en el siglo XX también hay ejemplos de sanatorios para tuberculosos en «La Montaña Mágica», de Thomans Mann o en «Pabellón de Reposo», de Camilo José Cela.
Si quieres saber más sobre el tema, puedes seguir alguno de estos enlaces:
- https://es.wikipedia.org/wiki/Tuberculosis
- https://medlineplus.gov/spanish/tuberculosis.html
- https://es.wikipedia.org/wiki/Historia_de_la_tuberculosis
- https://www.elsevier.es/es-revista-revista-medica-clinica-las-condes-202-articulo-sanatorios-para-tuberculosos-auge-y-S0716864015000796
- https://museodelferrocarril.org/saludymedicina/epidemias_tuberculosis.asp
- https://www.revista-portalesmedicos.com/revista-medica/la-tuberculosis-una-de-las-grandes-epidemias-del-siglo-xix-en-espana

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