El mito de Cronos


Al principio, mucho tiempo, muchísimo antes de que existiera el hombre, era Caos.

No había más. Solo Caos.

No había hombres, ni un mundo que pudieran habitar.

No había dioses, ni forma de medir el tiempo porque tampoco el tiempo existía.

Solo era Caos reinando en un universo que consistía en él mismo.

Y de pronto, todo cambió.

De Caos surgieron Gea, Érebo, Nix y Tártaro. Gea era la tierra, el mundo. Tártaro era el abismo que en ella habitaba, Érebo era la oscuridad y Nix, la noche. A partir de estos dioses primordiales, y sus uniones (o incluso sin ellas) procede todo lo demás.

Pero hoy vamos a hablar de Cronos, así que tendremos que obviar muchas cosas y centrarnos en lo que a él concierne. Y, para ello, tenemos que empezar por sus propios progenitores: Urano y Gea.

Según la mitología, Gea se partió en dos para dejar salir de ella a Pontos (el mar) y Urano (el cielo). Cuando Gea volvió a ser una, Urano la poseyó, y fruto de esta violación (y las posteriores), Gea dio a luz a los monstruosos hecatónquiros, a los cíclopes, y a los titanes y las titánides.

Urano, descontento con su progenie, y acaso también temeroso de ella, los enterró a todos ellos en lo más profundo del Tártaro. Gea, harta de Urano y sus desmanes, pretendió liberarlos y para ello pidió ayuda a los propios titanes y titánides, pero estos no estaban dispuestos a prestarle esa asistencia que Gea les solicitaba. En aquel momento, no obstante, no se encontraba con ellos uno de los titanes, Cronos, el más joven, y cuando Gea quiso encontrarlo la titánide Rea se ofreció a guiarle hasta donde se hallaba, a cambio de que Gea intercediera por ella, puesto que se sentía atraída por él. Así convinieron, y cuando llegaron hasta Cronos y Gea le contó su propósito, el titán accedió a socorrer a su madre. Además de vengarla, al vencer a Urano, él y todos sus hermanos, escaparían del Tártaro.

Gea creó una hoz de pedernal que dio a Cronos, quien se escondió cerca del lecho de Gea. Cuando Urano apareció, creyéndola sola, se abalanzó sobre ella; en aquel momento Cronos salió de su escondite y armado con la hoz de pedernal que Gea le había dado, le cortó los testículos a Urano.

De la sangre que cayó sobre Gea nacieron los gigantes, las erinias y las melias. De la espuma causada por los genitales que Cronos lanzó al mar nació Afrodita, y sobre una concha, se dirigió a Chipre, siendo en aquella isla donde primero posó sus pies.

Urano, emasculado, perdió su poder y se retiró de Gea, impotente, no sin antes anunciarle a Cronos que, tal y como él había causado su desgracia, uno de sus hijos supondría su perdición y también él sería depuesto.

Tras su enfrentamiento con Urano, Cronos había liberado a sus hermanos titanes, pero no a sus otros hermanos, los cíclopes y los hecatónquiros. Fue proclamado soberano del mundo y tomó a Rea como esposa; pero temeroso de la profecía pronunciada por Urano, en cuanto, fruto de su unión, uno de sus hijos nacía, él se lo tragaba entero. De esta forma, engulló a Hestia, Deméter, Hera, Hades y Poseidón.

Rea, harta de que sus hijos no llegaran a ver la luz, escondió el nacimiento de su último descendiente, Zeus, y lo envió a Creta al cuidado de la ninfa Adrastea y de la cabra Amaltea. Entretanto, para engañar a Cronos, envolvió una piedra en pañales, por lo que el titán, al verla, creyó que era su hijo y se la tragó, tal y como había hecho con el resto.

Zeus creció, de esta manera, en Creta. Su existencia era ignorada por su padre Cronos mientras que su infancia transcurría en la cueva donde Adrastea le atendía y Amaltea le proveía de leche. Fuera de ella, unos guerreros, los Curetes, mediante bailes en los que golpeaban sus lanzas contra sus escudos de bronce, acallaban los llantos del bebé Zeus para que no fueran oídos por Cronos.

Cuando Zeus, pasada ya la pubertad y consciente de su condición, abandona Creta, decide vengarse de Cronos. Pide ayuda a Metis, una de las Oceánides hijas de la titánide Tetis y el titán Oceanus, y esta le prepara una poción para Cronos, capaz de provocar el vómito.

Zeus, haciéndose pasar por copero (probablemente con la ayuda de Metis una vez más), consiguió que su padre ingiriera la bebida. Así, Cronos vomitó, en sentido inverso a como los había tragado, primero a la piedra que creía Zeus, y después al resto de sus hijos.

Una vez que sus hermanos, de alguna forma, habían vuelto a nacer, Zeus liberó a los cíclopes y a los hecatónquiros. Para ello contó con la ayuda de Gea, a quien Cronos había traicionado pues, pese a que había prometido sacar a todos sus hijos del Tártaro, tan solo había dado la libertad a los titanes, manteniendo allí prisioneros a dichos cíclopes y hecatónquiros, temeroso de su aspecto, pero también de su fuerza y poder. Zeus se alió ahora con ellos en una guerra contra Cronos que duraría una década y que se denominaría la Titanomaquia.

En el bando de Zeus, por tanto, lucharon sus hermanos, quienes le habían elegido como líder, los cíclopes (que le dieron a Zeus el rayo) y los hecatónquiros. Los titanes y titánides que no permanecieron neutrales se dividieron entre el bando de Zeus y el de Cronos, siendo Atlas el que acaudilló este último.

Cuando la guerra concluyó con la victoria de los olímpicos (el bando de Zeus), los titanes perdedores fueron arrojados al Tártaro (Cronos, Ceo, Crío, Hiperión, Jápeto y muchos otros), pero Atlas fue castigado con la tarea de sujetar la bóveda celeste por toda la eternidad sobre sus hombros. El titán Prometeo , hijo de Jápeto, había pedido a sus parientes que se abstuvieran de combatir contra Zeus, puesto que pudo ver que estaba predestinada la victoria de los olímpicos, por lo que ni él ni su hermano Epimeteo participaron en la batalla y, por tanto, no fueron castigados.

Cronos, perdida la guerra, y cumplida la profecía, permanece en el Tártaro, guardado por los hecatónquiros, encadenado junto a los titanes que le fueron fieles. Zeus, al concluir la guerra le dijo a su padre: «Cuenta». Y al empezar Cronos a decir «Uno, dos, tres…» le condenó a continuar contando y midiendo el tiempo para toda la eternidad.

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