Bajo el título que hemos usado para ilustrar este artículo queremos referirnos no a uno, sino a los dos submarinos creados por Narciso Monturiol: el Ictíneo (Ictíneo I) y el Ictíneo II.
El nombre «Ictíneo» proviene de dos palabras latinas: ichtus que significa pez y naus que significa barco. Monturiol, en realidad, nunca llega a usar la palabra «submarino», refiriéndose a su «pez barco» como sumergible.
Suele usarse como justificación para el interés de Narciso Monturiol por la investigación submarina una supuesta anécdota personal: durante su estancia en Cadaqués, fue testigo de la muerte de un pescador de coral, por lo que el desarrollo de su Ictíneo I obedece, en realidad, a una filantrópica preocupación por mejorar las condiciones de trabajo de dicho gremio. La realidad es que, en la presentación de su proyecto no se encuentra ninguna referencia a esta circunstancia, por lo que bien pudiera ser que la pesca del coral era, en realidad, una aplicación práctica (y supuestamente económica) de su submarino.
El Ictíneo I medía 7 m de eslora (longitud), 2,5 de manga (anchura) y 3,5 de calado (la distancia vertical entre un punto de la línea de flotación y la línea base o quilla, incluido el espesor del casco). La memoria del proyecto, una vez obtenido los fondos, fue en 1858, y la primera presentación en público tuvo lugar en septiembre de 1859, en el puerto de Barcelona.
Este primer Ictíneo estaba construido con madera de olivo. Constaba de dos cascos diferenciados, y el interior era esférico, estanco y presurizado para alojar a la tripulación. El espacio entre el casco interior y exterior funcionaba como sistema de tanques de lastre, y con él se controlaba la flotación (para la inmersión se usaban también unas hélices horizontales que impulsaban la nave hacia abajo). También entre ambos cascos se situaba un depósito de oxígeno para la respiración e iluminación, y otro tanque de hidrógeno que alimentaba una lámpara oxhídrica para iluminar las profundidades marinas. En cuanto a la propulsión, se llevaba a cabo mediante una hélice trasera que cuatro miembros de la tripulación (de un total de seis) se encargaban de mover.
Aunque las pruebas oficiales ante las autoridades, en 1861, en el puerto de Alicante, se llevaron a cabo con éxito, el gobierno no le prestó su apoyo. Sin embargo, en el público sí que se generó un gran entusiasmo, lo que llevó a que Monturiol, mediante suscripción popular, lograra recaudar 300.000 pesetas para financiar su próximo proyecto. Constituyó la empresa «La Navegación Submarina» con el capital obtenido y comenzó, junto a su equipo, a desarrollar el Ictíneo II.
Este Ictíneo II, construído en 1864, era mayor que su predecesor. Medía 14 m de eslora, 2 de manga y 3 de calado, con un volumen de 29 m³. Se construyó, también, con madera de olivo aunque tenía refuerzos de roble y una capa de 2 mm de cobre. La parte superior tenía una cubierta de 1,3 m de ancho con tres ojos de buey de vidrio de 10 cm de grosor y 20 cm de diámetro. Desde la vela o torreta se controlaba el timón mediante un engranaje de tornillo sin fin.
Si en el primer Ictíneo la tripulación era de seis personas, en esta segunda iteración subió a dieciseis. En las primeras pruebas se encontraron con un importante problema: no conseguían hacerlo avanzar. La solución a la que se llegó para resolver esta importante dificultad fue revolucionaria; Monturiol y su equipo no se limitaron a introducir un motor de vapor para sustituir al «motor humano», sino que idearon un motor anaeróbico que no solo superaría los obstáculos en la propulsión, sino que resolvería los problemas de renovación de oxígeno en un sistema hermético.
El Ictíneo II, cuando operaba bajo el agua, utilizaba un motor de vapor químico, que utilizaba como combustible una mezcla de zinc, dióxido de manganeso y clorato de potasio. Al quemarse, esta reacción química generaba calor para generar vapor y, crucialmente, también liberaba oxígeno, necesario, obviamente, para la respiración de la tripulación, pero también para la iluminación interior. Cuando estaban en superficie, se cambiaba a un motor de vapor con combustibles tradicionales.
A pesar de esta gran innovación, las pruebas no fueron plenamente satisfactorias: el Ictíneo II era capaz de sumergirse durante horas a más de 30 metros, pero la velocidad del sumergible seguía siendo muy lenta (inferior a un nudo) y, para la tripulación, las condiciones no eran ideales debido al ruido y al calor existente en el interior. Para terminar de dar carpetazo al proyecto, el capital de «La Navegación Submarina» se agotó y ambos Ictíneos terminaron siendo vendidos como chatarra para pagar las deudas.
La propulsión anaeróbica no volvió a utilizarse hasta 1940, por la armada alemana.
Si quieres saber más sobre los Ictíneos de Narciso Monturiol, puedes visitar los siguientes enlaces:
- https://es.wikipedia.org/wiki/Ict%C3%ADneo_I
- https://es.wikipedia.org/wiki/Ict%C3%ADneo_II
- https://www.juanvilar.com/ictineo-el-submarino-espanol-construido-en-madera-de-olivo/
- https://vadebarcos.net/2025/10/04/narciso-monturiol-y-sus-ictineo-pioneros-de-la-navegacion-submarina/
- https://www.ub.edu/geocrit/sn/sn119-96.htm
Este artículo forma parte de la serie de artículos «Lugares, artilugios y otras locuras», relacionados con la novela «El falso espejo del rey Salomón».

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