Ya avanzado el siglo XVIII, Simón Tomé Santos, un industrial emigrado a Madrid y nacido en Corcubión (A Coruña), creó un coche de caballos que revolucionaría el mercado de los coches de alquiler en la capital. Ya existían carrozas y galeras para transportarse por Madrid, pero eran muy caras y prohibitivas para la emergente clase media. Así pues, Tomé consiguió una concesión real para fabricar unos coches de colleras, más baratos y de dos plazas (el conductor y dos ocupantes) en el barrio del Pilar, para que, arrastrados por dos caballos o mulas, sirvieran para proveer a la ciudad de un servicio de alquiler de vehículos más asequibles que los existentes.
A estos carruajes en Madrid se les empezó a llamar «simones» y se convertirían en los verdaderos «taxis» de la capital del reino, generándole una verdadera fortuna personal a Simón. Murió en 1796 sin descendencia y legó gran parte del dinero amasado a diversos hospitales y a la caridad.
Con el tiempo surgieron otros modelos de carruajes para su utilización como coches de alquiler, distintos de los que había creado Tomé, pero tal era la popularidad del suyo, que daba igual si se trataba de un milord (a este también se le apodaba «Manuela»), un cabriolet, una berlina o un landó, a todos se les llamaba «simones».
Simón Tomé mantuvo el monopolio del servicio de alquiler de estos coches durante su vida y tras llegar su muerte los cocheros «heredaron» en cierta manera estas licencias para coches de alquiler que debían quedar expuestas en placas metálicas que iban atornilladas a la chapa del vehículo.
Si bien al principio los coches se alquilaban por un tiempo mínimo de medio día, el procedimiento fue evolucionando hasta que fue posible alquilarlos por horas y por carreras, e incluso «por pesetas». Además, estaban los llamados coches «de plaza» o «de punto», que eran los que tenían paradas en las que los cocheros esperaban a que algún cliente les requiriera, como las actuales «paradas de taxis». Las primeras paradas en Madrid se situaron en la calle Preciados con Galdo, en Prado con el Ateneo y Alcalá con la iglesia de San José.
El modelo de Madrid se replicó rápidamente en otras ciudades del país, donde, en ocasiones, también se denominaron simones a estos carruajes para alquilar. Con la entrada del siglo XX las normas para conseguir una licencia fueron evolucionando, así como la normativa respecto a las carreras y a cómo y cuánto cobrar a los clientes; en suma, el sector se reguló. Con la llegada del coche a motor, los viejos taxis de tracción animal fueron desapareciendo gradualmente hasta convertirse, en las ciudades en los que algunos sobrevivieron, en una atracción para turistas.
Si quieres saber más sobre los simones de Madrid, puedes acceder a estos enlaces:

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