Autómatas y Roullet & Decamps


Los autómatas

La palabra «autómata» proviene del griego automatos, «que se mueve solo».

En el mundo antiguo hay muchos ejemplos de autómatas. Por ejemplo, en el siglo primero, Herón de Alejandría, en su tratado Automata describía un teatro mecánico consistente en una base fija sobre la que varias figuras se movían impulsadas por ruedas y cilindros que funcionaban utilizando el peso de la arena, en un diseño que seguía básicamente los principios del reloj de agua.

El uso de autómatas no se limita a occidente. También, fuera de Europa, hay pruebas de su existencia en escritos de la dinastía Tang (618-907), en China, donde se describe a un monje de madera pidiendo limosna que hacía tintinear en un cuenco las monedas de cobre del cuenco que sostenía, así como otros muñecos con mecanismos propelidos por la fuerza del agua.

A Heron de Alejandría lo traduce Bernardino Baldi en 1589. Un año antes apareció el que algunos consideran primer libro sobre autómatas de la era moderna: «Máquinas diversas y artificiales», de Agostino Ramelli. En Japón, entre los siglos XVI y XVIII, también podemos leer descripciones de carruseles y otras figuras mecánicas exhibidas durante festivales, o incluso en teatros.

En Europa a partir del siglo XV y, en especial, en los siglos XVI y XVII proliferaron aparatos mecánicos autómatas para solaz de príncipes y nobles: leones, langostas, tortugas que se movían, bailarines que danzaban, pájaros que volaban y gorjeaban, relojes musicales, etc. Al menos dos autómatas se le atribuyen a Leonardo da Vinci (un humanoide y un león).

El esplendor de los autómatas, sin embargo, llegaría en el siglo XVIII y dos nombres suelen citarse sobre los demás: Jacques de Vaucanson y Pierre Jaquet-Droz.

En cuanto a Vaucanson, sus autómatas, aún hoy en día, parecen extraordinarios. El «flautista» y «el tamborilero» fueron los dos primeros, pero «el pato» fue su obra cumbre. Vaucanson creó el autómata con forma de pato en 1738; estaba fabricado a escala real en cobre recubierto de oro. Tenía más de 400 piezas móviles, era capaz de ingerir grano y, aparentemente, digerirlos, para excretarlos a continuación. Aunque se descubrió que esto último no era cierto, sino que en un compartimento oculto se guardaba una especie de papilla que se hacía pasar como los desechos de la digestión, la obra gozó de una enorme fama.

Pierre Jaquet-Droz era suizo. Sus tres obras maestras («La pianista», «El dibujante» y «El escritor») causaron asombro en la época y aún hoy pueden verse en el Musée d’Art et d’Histoire de Neuchâtel, en  Suiza. El «escritor» en particular, tenía más de 6000 piezas, y era capaz de escribir utilizando una pluma pequeños textos de unas cuarenta palabras de longitud.

En el siglo XIX, los autómatas entraron en la era industrial. En lugar de las grandes y asombrosas creaciones para divertimento de las élites del siglo anterior, ahora se producían juguetes autómatas en masa para ser comprados (o al menos admirados) por el gran público. No cabía duda que los nuevos autómatas eran máquinas totalmente pasivas, carentes de la fascinación casi sobrenatural que en siglos anteriores provocaban. Sus creadores ya no son individuos concretos y excelsos, sino ingenieros a sueldo de empresas que buscan producir y vender cuantas más copias idénticas del autómata mejor. La magia que antaño tenían estos autómatas, comienza a diluirse.

Roullet & Decamps.

En 1866 Jean Roullet, un constructor de artilugios mecánicos abrió un pequeño taller en Paris, en el número 10 de rue du Parc-Royal, en el distrito de Marais, especializándose en trabajos de precisión en metal. Un año más tarde, uno de sus clientes llegó al taller con un nuevo encargo: tenía los planos de una invención, un juguete de cuerda que consistían en un jardinero empujando una carretilla. Roullet fue capaz de producir los engranajes y otras partes mecánicas del juguete a una fracción del coste en el que se incurriría de hacerlo a mano; por primera vez, era posible fabricar y vender juguetes mecánicos a un precio accesible al público.

En 1879, Henriette, la hija de Roullet, contrae matrimonio con el ingeniero mecánico del taller, Ernest Henry Dekamp. Los esfuerzos de ambos hombres, y los hasta cincuenta empleados del negocio (había maquinistas, relojeros, escultores y hasta sastres) que serían hacia 1893 hacen del negocio todo un éxito. En 1889, aprovechando el éxito de su participación en la Exposición Universal de París, la firma se había reorganizado pasando su denominación a ser «Roullet & Decamps»

En 1900 crean el primer autómata eléctrico para exhibiciones comerciales, y al año siguiente Jean Roullet deja la dirección en manos de su yerno, Ernest Dekamp. Roullet muere en 1907 y Dekamp en 1909. Henriette y sus hijos, Gaston, Paul y Gilberte se hacen cargo del negocio, pasando a llamarse «Veuve Dekamps et fils» (Viuda de Decamps e hijos). Paul dirigía la parte comercial, pero muere en la Primera Guerra Mundial. A continuación, Gaston compraría a su madre y a su hermana Gilberte su parte del negocio y se convertiría en el único propietario, volviendo al nombre de «Roullet & Decamps».

La empresa continuaría incansable con su producción de autómatas, tanto juguetes, como los que participaban en las escenas que creaban para ser expuestos en los escaparates de los negocios (Galeries Lafayette, Bon Marche, Samaritane, etc), ganando multitud de premios internacionales y convirtiéndose sus diseños en habituales en los escaparates de los grandes almacenes de Francia, Bélgica e Inglaterra, especialmente en las fechas navideñas, donde siempre se esperaba con gran anticipación por parte del público.

Tras la muerte de Gaston, su hija y su yerno redujeron el negocio a los autómatas para escenas de los escaparates, incapaces de competir con el precio de la producción que venía de Asia, hasta que en 1995 la empresa tuvo que echar el cierre.

En Souillac, en el valle de Dordogne, el gobierno francés abrió un museo en el que se exhibe una impresionante colección de autómatas antiguos, así como las escenas eléctricas automatizadas para escaparates, junto con herramientas, moldes, maquinaria, partes y materiales usados en los talleres de Roullet & Decamps. También existe otro museo que exhibe sus muñecas autómatas en Falaise.

Si quieres aprender más sobre los autómatas o sobre Roullet & Decamps, puedes acceder a los siguientes enlaces:

Este artículo forma parte de la serie de artículos «Lugares, artilugios y otras locuras», relacionados con la novela «El falso espejo del rey Salomón».


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